jueves 5 de enero de 2012

Adela Cortina: “ME TEMO QUE LA CRISIS NO HARÁ QUE CAMBIEMOS”

catedratica_Elena_Cortina-Neuroética, neuroeconomía, neuromarketing... ¿Qué quieren de nuestras neuronas?

-Algunos, atribuirles nuestras responsabilidades en esos campos. Otros, más cautos, intentar conocerlas para entender parte de nuestra conducta.

-¿La justicia y la democracia están en el cerebro?

-Existen unos códigos en el cerebro, adquiridos por evolución, que promueven una justicia preocupada por los cercanos, por los que nos pueden devolver los favores; unos códigos que rechazan a los diferentes. Parece que tenemos mucha tarea por delante para poner al cerebro a la altura de una justicia mundial.

-Cerebralmente, ¿somos justos o injustos?

-Por nuestro cerebro, ni una cosa ni otra. Pero lo cierto es que no podemos dejar de ser justos o injustos, que no somos libres para desentendernos de la justicia. Por eso conviene afinar en las elecciones.

-Entonces, de que el buen ciudadano nace... ni hablamos.

-Se hace, sin ninguna duda. Y no sólo el ciudadano, sino la persona. Como decía Kant, sólo por la educación la persona llega a serlo, es lo que la educación le hace ser.

-¿Y cuál debe ser la respuesta de la educación frente a todos estos descubrimientos?

-Tomarlos muy en serio para saber cuándo un alumno tiene una lesión o una insuficiencia, cuándo nos encontramos con respuestas venidas de códigos genéticos que hay que superar, y educar sentimientos y razón estrechamente ligados. Es lo que me permití llamar «razón cordial».

-Pero si la ética también es biología, ¿se podrían crear «personas de bien» en un laboratorio?

-Es biología, pero en parte. La ética es sobre todo cultura. Si fuera sólo biología, no podríamos hablar de personas, ni «de bien» ni «de mal», porque no habría libertad, que es lo que constituye a las personas.

-Pues frente al boom de corrupción sería un chollo fabricar en serie políticos honestos.

-Los políticos tienen en su mano ser honestos o no, y ahí radica la grandeza del ser humano.

-Cuando conozcan bien nuestro cerebro, ¿nos venderán burras muertas por jacos árabes?

-Sólo si dejamos que nos las vendan. Para eso está la ética de la neurociencia, para impedir que el neuromarketing traspase los límites de lo moral.

-Anda la neuroeconomía tratando de comprender el atractivo inconsciente de los productos de lujo, y ha comprobado que entre copas del mismo vino nos sabe mejor la más cara.

-Conocer el funcionamiento del propio cerebro es un medio muy valioso para elegir con mayor libertad. «Conócete a ti mismo» era el viejo aforismo socrático, que sigue valiendo también para elcerebro.

-Astragados de estímulos visuales, mediante fragancias y sonidos nos lanzan el último anzuelo para que consumamos.

-En mi libro «Ética del consumo» (Taurus, 2002) dediqué un capítulo a descubrir las motivaciones del consumo, que tan bien conocen los departamentos de marketing y tan mal los consumidores. La ignorancia es muy mala consejera.

-¿Podremos defendernos o al menos ser conscientes de cómo nos manipulan?

-Por supuesto. Lo propio de las personas no es responder inmediatamente, sino reflexionar sobre sus posibilidades de respuesta, en las que ha de calibrar emociones y razones.

-¿La crisis provocará cambios tangibles en los individuos o las burbujas descerebradas volverán a estallarnos en la cara?

-El rótulo de nuestro seminario de Étnor es en este curso «¿Lecciones aprendidas? Nuevos modelos de crecimiento y nuevas formas de vida». Ojalá aprendiéramos que debe ser así, pero nos tememos que vamos a seguir en lo mismo. De ahí la forma interrogativa.

Adela Cortina, Catedrática de Ética y Filosofía Política. Entrevista de Virgina Ródenas para “ABC”.

domingo 11 de diciembre de 2011

LA RESPONSABILIDAD DE LOS EMPRESARIOS

von braunLa propuesta o, más bien, amago de propuesta de un nuevo contrato para jóvenes, efectuada por la CEOE, me ha recordado de nuevo un comentario atribuido a Wernher Von Braun. Von Braun, director técnico del equipo de cohetes V-2 alemanes que cayeron en un número de 2.780 principalmente sobre Londres y Amberes en 1944 y 1945, fue años después director de un centro de la NASA. Preguntado entonces sobre su responsabilidad en la destrucción causada por los V-2, Von Braun contestó que él tenía responsabilidades sobre el departamento que hacía que los V-2 se elevaran, la responsabilidad sobre dónde caían residía en otro departamento.
La historia es probablemente apócrifa, pero ilustra el sinsentido al que puede llevar la falta de una visión de conjunto y la excesiva compartimentalización. De visión de conjunto, desde luego, carece la propuesta de contrato ultrabasura a la que asistimos hace pocos días. Relegar a los jóvenes a la precariedad y la falta de derechos es una pésima estrategia no ya en el largo plazo, sino en el medio. Una pésima estrategia desde el punto de vista del conjunto de la sociedad, pero también desde el punto de vista específico de los propios empresarios.
Porque los emprendedores tienen al menos un triple ámbito de intereses: por una parte, les conviene reducir los costes y, entre ellos, los laborales. Por otra parte, también les interesa disponer de una demanda suficiente para sus productos. Y, finalmente, los empresarios están interesados en incrementar la productividad y, por tanto, la mejora de la competitividad de sus empresas
Para ello, un elemento imprescindible es la mejora del capital humano con el que trabajan las compañías. Los dos primeros intereses entran en conflicto: a los empresarios les interesa que los trabajadores de otras empresas tengan salarios lo más altos posibles (para que puedan comprar sus productos), mientras que los trabajadores de su empresa tienen salarios lo más bajos posibles. El primer interés se contrapone, también, con el tercero: una fuerza de trabajo mal pagada y precaria es un pésimo punto de partida para incrementar la productividad y la
competitividad.
Al centrarse únicamente en la reducción de los costes laborales de un grupo de trabajadores tan estratégico como los más jóvenes, el amago de propuesta de la CEOE desatiende objetivos que también son relevantes desde posiciones estrictamente egoístas de los empresarios: ¿qué capacidad de demanda tiene un mercado de jóvenes que o son ni-nis o trabajan poco y en precario, que no pueden independizarse ni formar familias?
Sin necesidad siquiera de utilizar argumentos altruistas, la responsabilidad del empresariado queda seriamente en entredicho cuando se plantean propuestas cuyos efectos sólo son positivos para pocos y en el corto plazo. Esta crisis se ha agravado debido a una acumulación de comportamientos poco responsables (no hace falta volver a mencionar los eventos acaecidos en los mercados financieros); la dificultad de la situación actual no deja margen para más comportamientos irresponsables.

Jorge Calero, Catedrático de Economía Aplicada, para “Público” 6/3/2010

sábado 10 de diciembre de 2011

UNA LEY DE HIERRO PARA LOS BENEFICIOS

arriba-y-abajo-ricos-y-pobresA poco que sigan la actualidad económica sabrán, que además del paro, el gran drama de España es la competitividad, esto es que nuestras empresas son incapaces de poner en el mercado un mechero a un precio inferior al que lo ofertaría un productor de Dinamarca o de Trinidad y Tobago. Antes de que abrazáramos el euro, la solución consistía en devaluar la peseta, que era débil y se dejaba, con lo que nos hacíamos más pobres de forma indolora. Devaluada la moneda, el mechero nacional costaba aquí lo mismo pero salía más barato fuera, mientras que los productos importados subían de precio en la proporción equivalente.

Como con el euro se acabaron las devaluaciones, los gurús económicos más ilustres, desde Krugman a Díaz Ferrán, se han puesto de acuerdo en que para ganar competitividad sólo cabe ajustar los costes empresariales, ya sea reduciendo las cuotas a la Seguridad Social o rebajando los salarios. Como por lo primero el Gobierno no ha tragado, las empresas vienen dedicándose a lo segundo, con un éxito más que notable. Es palmario que un amplísimo número de sociedades está alcanzando acuerdos con sus trabajadores para que acepten una rebaja en sus nóminas a cambio de no ser despedidos. ¿Chantaje? No. Se trata de la vida, que es muy dura.

Obviamente, ésta no es la única manera de aumentar la productividad. Por plantear una ecuación simple, si alguien fabrica diez armarios y los vende, lo ingresado ha de equivaler a lo que ha costado producirlos más el beneficio empresarial correspondiente. Para conseguir que los armarios sean más baratos se puede tratar de reducir los costes, en efecto, pero también es posible lograr lo mismo recortando los beneficios, y eso es justamente lo que ningún ilustre economista destaca en sus sesudas reflexiones sobre los sacrificios que nos esperan.

Salvo excepciones, que las habrá, márgenes de un 15%, que en cualquier país civilizado se considerarían una ganancia razonable, aquí se toman como un insulto, ya que a ese ritmo uno tarda una eternidad en forrarse. A principios de los 90, Alfonso Guerra planteó una ley de hierro de los beneficios y Felipe González tardó cinco minutos en desautorizarle. Vivíamos, según Solchaga, en el país en el que más rápidamente se podía llegar a rico. Para eso sí que éramos competitivos. Como ahora.

Juan Carlos Escuder, para “Público” 6/3/2010

sábado 3 de diciembre de 2011

DESVERGONZADO GOLDMAN SACHS

RESPETO al trabajo, al dinero, a las libertades ciudadanas, al presidente de la nación, a la banca... Desde hace 60 años, algunos fundamentos de la sociedad americana se deterioran. El último golpe al honor de la banca lo acaban de dar Goldman Sachs y su desvergonzado presidente, Lloyd Blankfein. El banco recibió, hace nueve meses, un requerimiento de la Securities and Exchange Commission, SEC, por fraude y deslealtad hacia millares de clientes a los que vendió basura a sabiendas de que vendía basura. En otoño de 2007 nos alarmábamos ya ante la estafa que se avecinaba, contaminadora de grandes espacios de la economía americana.
La historia es conocida: algunos bancos americanos concedían hipotecas a clientes insolventes. Para esas hipotecas, obtenían de las agencias de calificación valoraciones incomprensiblemente altas. Goldman colocaba en mercados lejanos, asiáticos o europeos, su mercancía troceada y apilada, imposible de reconocer: eran los milagros de la titulización. Esos bancos, amantes del peligro, retenían un margen sustancial de los bonos vendidos mientras ocultaban grandes pasivos fuera de balance. En Estados Unidos, cinco grandes bancos han hundido la reputación de mil: Lehman Brothers, Goldman Sachs, Bank of America Merill Lynch, Citigroup, Morgan Stanley.
Las agencias de calificación, Moody´s, Fitch o Standard & Poors, se desprestigiaban pero seguían dando lecciones. Para agilizar el proceso, escribe un buen analista español, los bancos eliminaron todo tipo de pruebas de solvencia: por un lado tenían la garantía de las viviendas hipotecadas; por otro, una vez colocados los bonos, sobre todo CDOs, Collateral Debt Obligation, el riesgo pasaba al tomador. Los derivatives se perdían sin dejar rastro, en lejanos mercados. Algunos banqueros sabían el carácter destructor de estos fraudes, armas de destrucción masiva, para utilizar el término de Warren Buffet.
Frente a la larga perspectiva, el corto plazo contribuyó al deterioro. Los resultados, cada trimestre, eran la consagración de lo rápido, lo inmediato, frente a la sabiduría de los Rothschild o los Erhard, expresada en décadas. La aceleración crecía en aquella imposible carrera. Hace diez meses, Blankfein, consejero-delegado de Goldman, dirimió el enfrentamiento entre los mandos del banco: unos temían la explosión de la burbuja, otros defendían el no hay marcha atrás. Blankfein apoyó a estos últimos. Sus abogados temen hoy que el proceso civil abierto se convierta en la apertura de diligencias penales contra él.
Cómo se ha podido llegar a este grado de descontrol; cómo, bajo la apacible sonrisa de Ronald Reagan, se escondía una amenaza a los valores tradicionales de la sociedad americana; cómo se acabó por menospreciar el trabajo y promover el pillaje. Estas interrogantes están por contestar.
El mundo occidental ha se ha protegido con buenos escudos. Esos escudos se han desgastado, y no en el sentido que predica el Tea Party. La corriente que hoy respalda a Barack Obama defiende una regulación con Bancos Centrales y Tesoros dotados de inequívoca capacidad supervisora. Pensemos: la gigantesca inyección de capital a la banca se ha hecho a costa del contribuyente americano. En Europa tres comisarios al menos, Michel Barnier, Joaquín Almunia y Olli Rehn, son responsables de sentar los cimientos financieros de una nueva banca de hierro, parecida a la de hace cien años, fuera alemana, francesa o británica.
Los responsables de Goldman, con Lloyd Blankfein a la cabeza, guardan algunas similitudes con los terroristas de Bagdad por un lado, por otro con los curas pederastas. Alguien desde la SEC ha filtrado el procedimiento civil por fraude contra Goldman Sachs.

Darío Valcárcel 22/4/2010 ABC

viernes 11 de noviembre de 2011

LA VICTORIA DE LOS MERCADOS FINANCIEROS


especulacionSabíamos desde hacía tiempo que la globalización liberal significaba en primer lugar la dominación de los mercados de capitales y, por lo tanto, el debilitamiento de la política como instancia de regulación del desarrollo económico y social. También sabíamos que un determinado número de grandes países (Estados Unidos, Europa, dirigida de facto por el eje franco-alemán; Reino Unido, Japón, y ahora China, India y Brasil) eran vectores de esa globalización. Ahora sabemos, por fin, que los mercados financieros, responsables de la crisis en la que estamos inmersos, también son capaces de poner de rodillas a un Estado de la zona euro y que pueden amenazar a otros. Grecia era sólo el primer eslabón de la cadena. Era, por supuesto, un test sobre la solidaridad europea y la capacidad de resistencia de Europa. El ataque contra Grecia empezó con rumores. El que apunta ahora a España empieza también por una rebaja de la calificación en la Bolsa de la deuda soberana española; es igual de preocupante. El Gobierno español ha calificado esos rumores de "ridículos". Esperemos que tenga razón. Pero no hay humo sin fuego. Los dirigentes de los países del sur de Europa deben tomarse en serio esta situación y, sobre todo, exigir una respuesta europea coordinada. Lo que está en juego es el futuro de la moneda única. Y lo que es seguro es que no saldremos de la crisis sin cambiar la política del euro.

En efecto, no era necesario ser un premio Nobel de Economía para adivinar, desde que se instauró la moneda única, que los desequilibrios estructurales de la zona euro (principalmente la desigualdad de desarrollo entre los distintos países) no aguantarían el primer seísmo. Pero aquellos que lo decían eran calificados de antieuropeos por parte de los bien-pensantes liberales y conservadores. Sin embargo, la responsabilidad de quienes han construido esta Europa ha quedado ahora al descubierto. Europa no ha sabido reaccionar ante la crisis mundial de 2008, ni tampoco defenderse de los ataques contra uno de sus miembros, y da la razón a los mercados financieros solicitando ayuda al FMI e imponiendo planes de una dureza implacable a los países que están en el punto de mira de los inversores-especuladores. Peor aún: al escoger la estrategia de los planes de austeridad, Europa desembocará en una recesión generalizada, en una crisis social duradera cuyas consecuencias nadie puede prever. Por último, actuando de este modo, la Unión Europea ha animado objetivamente a los mercados financieros a que la emprendan con otros países.

Tomemos el caso de Grecia. La aportación de 110.000 millones de euros no resolverá nada; es muy probable que este país no pueda pasar del 14% actual de déficit a un 3% en 2014, salvo que provoque una explosión social; el préstamo se realiza bajo unas condiciones excesivas (5%, ¡viva la solidaridad europea!); por último, la aplicación de las medidas exigidas romperá el crecimiento griego, en caso de que vuelva a arrancar dentro de los próximos tres años. Esto no ha acabado aún. Después de que Alemania haya vacilado varias semanas, aun así cruciales para el rescate, antes de decidirse, ciertos países europeos, como por ejemplo Eslovaquia, ya declaran que no aportarán lo que han prometido si no tienen la certeza de que el Gobierno griego actúa con dureza.

En realidad, la Europa de Bruselas y del Banco Central ha elegido salir de la crisis con la recesión, el desempleo, la deflación salarial y no con la recuperación, la puesta en marcha de una estrategia keynesiana de creación masiva de empleos y de una política europea solidaria de crecimiento compartido.

Lo que se quiere perpetuar para satisfacer a los especuladores es un pacto de estabilidad responsable del desempleo endémico en Europa; es la falta de coordinación económica entre los miembros de la zona euro, dejando las manos libres al Banco Central; es la ausencia de política fiscal común; es, por último, el aumento de las diferencias de desarrollo entre los países de la zona euro.

¿Creemos seriamente que los países que no han podido colmar sus diferencias de convergencia con los países más ricos, a pesar de 25 años de transferencias de fondos de cohesión y ayudas de todo tipo, podrán lograrlo ahora, en época de vacas flacas? ¿Y cuánto tiempo llevará esto? El caso de Grecia es absolutamente ejemplar, puesto que a pesar del duro plan europeo, los mercados financieros se han negado a confiar en el Gobierno griego. Y la moneda única continúa siendo atacada. ¿Debería abandonar Grecia la zona euro? Es una gran y enorme batalla la que se está librando. Y no ha hecho más que empezar.

Sami Naïr, 8/5/2010

sábado 5 de noviembre de 2011

¿TIENEN FUTURO LOS INDIGNADOS DE NY?

wall streetEn Estados Unidos este año ha sido difícil distinguir a los auténticos fantasmas entre los ciudadanos ataviados con disfraces de Halloween, y no digamos ya entre tantos extraños seres humanos como hay en la vida económica y política intentando desesperadamente llegar a un acuerdo con las pesadillas del día. Esta atmósfera irreal lo fue todavía más el pasado fin de semana cuando Batman apareció en Wall Street, como parte de la representación que se estaba filmando para una nueva película sobre el cruzado enmascarado.

Probablemente, en ningún lugar del mundo fue más vívida la atmósfera de Halloween que en Atlanta el pasado fin de semana, a pocos kilómetros de donde yo vivo. Cerca de la medianoche, coches de policía y helicópteros descendieron sobre los partidarios del movimiento Occupy Wall Street -Ocupa Wall Street- (OWS) que estaban acampados en Woodruff Park, y les obligaron a abandonar el lugar. El desalojo fue resultado de una decisión del alcalde. Afortunadamente, no hubo ningún incidente violento. Tres días más tarde algunos de los manifestantes regresaron al mismo escenario con sus tiendas de campaña.

Esta serie de acontecimientos pacíficos no fue la norma en otras ciudades. Casi al mismo tiempo, en Oakland (California), cientos de policías intentaron desmantelar el campamento OWS en un parque de la ciudad, utilizando gases lacrimógenos. En medio de la confusión y la polvareda de los hechos, Scott Olsen, de 24 años, sufrió una fractura de cráneo e hinchazón cerebral después de que presuntamente recibiera un golpe en la cabeza por un proyectil de la policía. Resultó ser un joven veterano de la Guerra de Irak, y la prensa inmediatamente ironizó con el hecho de que un joven estadounidense podía sobrevivir a Irak pero resultar gravemente herido en su propio país por la policía. Olsen se encuentra todavía en estado de coma, y el alcalde de Oakland ha tenido que pedir disculpas públicamente.

La actividad del OWS en Estados Unidos representa sólo a una muy pequeña proporción de la población y ha logrado impacto sólo en las grandes ciudades, donde hay lugares adecuados para acampar y donde la prensa está siempre vigilante ante posibles incidentes. El ojo público tiende a concentrarse principalmente en la zona de Wall Street, donde personalidades destacadas (estrellas de cine, escritores, clero) acuden de vez en cuando para expresar su apoyo a este movimiento de indignados.

En las universidades, escenario habitual de toda clase de movimientos de protesta, hay poca actividad. La semana pasada, un día laborable, en la Universidad de Georgia vi sólo a dos estudiantes ondeando una bandera y pidiendo apoyo. En el parque del campus, habían instalado una tienda. Incluso el grupo de okupas de Atlanta parece escaso. Cuando anunciaron una conferencia de prensa esta semana para explicar su táctica, sólo acudieron 10 de ellos. Estas cifras ponen de manifiesto la enorme brecha entre lo que reclaman los manifestantes -que su movimiento está activo en 950 ciudades en todo el mundo- y la realidad, ya que en verdad son muy pocos los activistas.

Cuando el tiempo es bueno, cientos acuden para apoyarles, como ocurre habitualmente en países como España, cuyos problemas sociales son incluso más graves que los de Estados Unidos. Cuando hace frío o llueve, no se ve a nadie. Ayer mismo, se conoció que los indignados de Nueva York han pedido al acalde Bloomberg que les facilite un refugio durante las próximas semanas para poder mantener vivas aus protestas durante el gélido invierno que se avecina.

Y en el mismo sentido, estos días, un periódico de Londres explicaba que del enorme número de tiendas de campaña que han colocado los indignados británicos en su campaña Ocupar la Bolsa, situadas a las puertas y alrededores de la catedral de San Pablo, apenas un 10% están verdaderamente ocupadas durante la fría noche.

En Estados Unidos, por supuesto, los movimientos de protesta tienden a derrumbarse ante la indiferencia generalizada. El problema es aún peor con el OWS, que no ha expresado ningún programa firme y no ha generado líderes suficientemente elocuentes. Eso no significa que no sean serios.Los okupas de Atlanta han citado a «personas sin hogar, embargos, desigualdad de ingresos, y desempleo» entre sus razones para movilizarse. En la página de Facebook de su periódico Wall Street Camp out, la protesta se describe como «una manifestación no violenta que se opone a la negativa influencia corporativa sobre la política estadounidense». El texto afirma que el OWS «fue inspirado por el movimiento de la Primavera Árabe, particularmente las protestas en Tahrir Square que dio lugar a la revolución egipcia de principios de 2011».

En la práctica, a pesar de estos articulados sentimientos, los manifestantes expresan una confusa amalgama de opiniones. Por ejemplo, Scott Olsen fue un miembro activo de Veteranos por la Paz y Veteranos de Irak contra la Guerra. Otros manifestantes de Wall Street han exigido impuestos bajos, educación gratuita, amor libre y la abolición del capitalismo, entre cientos de otras causas. Pero tienen poco en común, excepto un deseo compartido de protestar. Hace dos semanas que los manifestantes de Wall Street presentaron al Congreso de EEUU una breve lista de propuestas, de las cuales la principal era que el Gobierno debería investigar la forma en que hace funcionar las finanzas. Se trata, en fin, de una lista confusa de peticiones y nada resultará de ella.

Estados Unidos tiene hoy graves problemas: una profunda crisis bancaria, una tasa de desempleo muy grave, un sector de la construcción colapsado, guerras en el extranjero que cuestan la vida de jóvenes estadounidenses cada día… Éstos y otros muchos problemas eclipsan a los manifestantes. Hasta ahora las autoridades han mostrado tolerancia hacia ellos. Pero ocasionales estallidos de violencia, como en Oakland y, hace escasos días, en Denver y en Nueva York, muestran que la situación está lejos de ser pacífica. La policía está impaciente por tener que trabajar horas extra, día y noche, para controlar unas concentraciones que creen sin sentido. Los funcionarios municipales, como en Atlanta y Los Ángeles, también están furiosos por el enorme gasto extra que provocan.

Pero los manifestantes no están preocupados por el gasto. En uno de los mítines de Wall Street, un trabajador independiente dijo: «La Banca está haciendo toneladas de dinero de todo el mundo… mientras la clase trabajadora está luchando para mantener un salario digno». Otro le secundó: «No vamos a ser parte de este sistema que no funciona para nosotros». ¿Será ésta la versión capitalista de la Primavera Árabe? Un profesor de Princeton aseguró en su apoyo: «Estamos hablando de un despertar democrático. Estamos hablando de elevar la conciencia política». La posibilidad de una revolución excita al famoso director de cine Michael Moore, quien dijo: «Los republicanos y los ricos saben que la erupción se aproxima. Las cosas se están calentando. Es sólo una cuestión de tiempo hasta que ninguna cantidad de puertas y vallas será capaz de proteger a los gobernantes de esta nueva Era Dorada». Por su parte, un periodista escribió: «Estamos viendo el comienzo de la autoafirmación desafiante de una nueva generación de estadounidenses, una generación que terminará su educación sin empleo, sin futuro, y encadenada a una deuda enorme e imperdonable».

UNA VISIÓN diferente y menos favorable proviene de un historiador. Admite que existe un terrible problema, de corrupción en la elite gobernante, pero afirma que «los manifestantes de Wall Street no son el grupo adecuado» para conseguir un cambio. Son, dice, demasiado de clase media, demasiado ricos con sus iPods y Blackberries, demasiado partidarios de la fiesta y la música, y poco preocupados por la verdadera tarea de la revolución. Atacan a la derecha, olvidándose de que la izquierda es igualmente culpable (como en España) de la situación actual. Afirman que la forma de avanzar es boicoteando las elecciones y los partidos políticos, olvidándose de que sin elecciones no hay democracia, por lo que al negarse a votar realmente ayudan a los políticos a los que declaran estar atacando.

Los ocupantes, sin duda, continuarán hasta que el frío haga imposible la protesta, pero la chispa que han encendido no desaparecerá así como así. Aunque el OWS no tiene objetivos y seguramente fracasará como grupo de presión, está ayudando a canalizar el enorme descontento en una sociedad que se enorgullece de la democracia y la libertad, pero que en realidad no tiene ninguna de ellas. A pesar de todo, el movimiento puede tener un futuro si es capaz de aprovechar las energías de la mucha gente inteligente que desea utilizar sus dones para socavar las elites políticas y financieras que se han interesado sólo en hacerse ricos. Los técnicos informáticos ya han permitido al OWS acceder a los sistemas de correo electrónico de Wall Street. Las elites jóvenes tienen la oportunidad de desestabilizar lo viejo. Vamos a ver si tienen la inteligencia y la paciencia para hacerlo.

Por Henry Kamen, historiador británico (EL MUNDO, 02/11/11)

domingo 23 de octubre de 2011

LA FRONTERA DE LOS SUEÑOS ROTOS

Mexican-American_border_at_NogalesEfraín tiene 27 años, los pies destrozados y los bolsillos vacíos. Nació en Puebla, en el centro de México, y desde mucho antes de dejar de ser un niño se agachó sobre la tierra para recolectar tomates, cebollas o lo que dispusiera el patrón. Su sueño, reunir los 1.200 dólares necesarios (unos 900 euros) para emigrar sin papeles a Estados Unidos. El viernes consiguió por fin pisar tierra norteamericana. Pero sólo durante unas horas. La Border Patrol (policía fronteriza) lo localizó frente al desierto de El Sásabe, cuando ya casi había conseguido escapar de Sonora y llegar a Arizona: "Me estuvieron correteando toda la noche hasta que mis pies ya no pudieron más". Efraín fue detenido, montado en un autobús y expulsado a México por la frontera de Nogales.

Ahora está de regreso en Altar, un pequeño pueblo de Sonora convertido en el parque temático de la emigración. Aquí llegan cada día oleadas de jóvenes de México y Centroamérica en busca de los coyotes (traficantes de personas) que, a cambio de un dineral, los conducen a través del desierto de El Sásabe hasta Estados Unidos. "Allí en Puebla", explica Efraín, "todos hablaban de Altar, pero cuando llegué, no me podía creer que todo estuviera tan a la vista...". Desde luego, llama mucho la atención que toda la vida del pueblo gravite alrededor de un negocio tan lucrativo llamado emigración... ilegal.

Decenas de casas de huéspedes. Decenas de casas de cambio. Decenas de tiendas asomadas a la plaza cuyo surtido está enfocado exclusivamente a las necesidades de los migrantes: mochilas, mantas para la fría noche del desierto, calcetines gruesos, linternas, suero, garrafones de agua, papel higiénico. Todo el mundo sabe que las grandes furgonetas cuyo rótulo pone "transporte especializado de servicio público de pasaje" están dedicadas a acarrear, de 30 en 30, de 40 en 40, unos tumbados sobre los otros, a los migrantes hasta el desierto. Son más de 200 furgonetas. Numeradas por la autoridad municipal.

Efraín tuvo que pagar 1.000 pesos (unos 60 euros) porque lo llevaran hasta el desierto. Ahí estaba incluido el porcentaje para las mafias que controlan el camino, pero no el precio del coyote o pollero. Lo cuenta, entre sonrisas, sin esconderse, el propietario de una de las furgonetas que aparcan junto a la parroquia. El periodista le pregunta cuánto le costaría la travesía hasta el desierto de El Sásabe:

-A usted le cobraría 1.000 pesos, pero la mayor parte no es para mí, es para que la mafia me deje pasar. Pero usted no es mexicano, ¿no?

-No, soy español, pero quiero acompañar a unos amigos salvadoreños que quieren cruzar.

-¿Salvadoreños? A esos les cobramos más. 1.500 pesos.

-¿Y eso?

-Son las reglas. Las ponen las mafias, no yo.

-¿Y en eso está incluido el porcentaje del coyote?

-No, hombre, no [el chófer se ríe de buena gana, una risa que significa algo así como "este tío es imbécil"]. El coyote es aparte. A ese le tendrá usted que pagar mucho más. Un buen coyote le cobrará 1.000 dólares por dejarlo en Estados Unidos.

-¿Y dónde consigo yo un coyote?

-Pero, hombre, cómo me pregunta usted eso... Mire a su alrededor. Este es el pueblo de los coyotes, de los polleros...

No hay secretos en Altar. El que paga, pasa. El que no, no. Seis jóvenes de Chiapas sentados junto a la parroquia cuentan su experiencia. "Intentamos pasar hace tres días. Sólo teníamos para pagar el taxi. Y nos dejó en el desierto. Estuvimos dos noches aguardando a poder cruzar. Hasta que aparecieron unos muchachos, con pistolas, y nos obligaron a darnos la vuelta. Se ve que todo está muy organizado allá en la quebrada. Y nosotros no tenemos dinero para coyotes. Regresaremos a Chiapas".

Si Efraín o los muchachos de Chiapas hubiesen conseguido llegar a Estados Unidos, apenas habrían conseguido librar una parte del largo camino. Ahora, con la nueva ley de Arizona, tendrían además que haber extremado las precauciones para no ser sorprendidos por una redada contra los inmigrantes indocumentados. De cualquier forma, según diversos testimonios recogidos por este periódico, la ley auspiciada por la gobernadora Jan Brewer no ha hecho más que poner sobre el papel lo que ya se venía llevando a cabo en Arizona. Mano dura contra los inmigrantes. Sin piedad. Uno de los sistemas más dolorosos, según cuentan los diplomáticos mexicanos dedicados a la atención de los migrantes, es el de la llamada "deportación lateral".

"Las autoridades de Arizona", cuenta un alto funcionario mexicano, "tratan de romper el vínculo entre el migrante que está siendo detenido en frontera y la persona que lo ha ayudado. Si te detienen aquí en Nogales, te echan por otro extremo de la frontera. Así, esa persona se queda sin nada, sin un peso en el bolsillo, tal vez herido y solo, en una situación muy vulnerable. La patrulla fronteriza ha establecido grandes centros de detención de inmigrantes. Desde ahí, los montan en autobuses y los llevan lejos, a cientos de kilómetros. Muchos de ellos caen víctimas de las mafias de tratas de personas. Y entre esos deportados hay mujeres y niños en situaciones lamentables... O jóvenes que se convierten de migrantes en delincuentes porque, por el sueño de pasar, son capaces de lo que sea...".

Efraín tiene los pies vendados. Está sentado sobre una cama de la pensión La Palma, en la calle principal de Altar. Los pesos por valor de 900 euros que reunió durante años ya están en el bolsillo del coyote, que ya espera en la plaza y a la vista de todos -camisa negra, sombrero norteño, cerveza bien fría- a su próximo cliente. Cuando llegue, empezará de nuevo el juego entre los coyotes y los policías fronterizos. Una veces ganan unos. Otras, los otros. Pero siempre, siempre, pierden los mismos.

Pablo Ordaz para “El País”

domingo 16 de octubre de 2011

¿SOBRAN ADMINISTRACIONES?

espanistan-diputaciones-crisisEl autor aboga por reorganizar la estructura territorial española revisando el papel de autonomías y municipios. Sostiene que los recortes han de obedecer no tanto a una política de ahorro como de mejora de la democracia.

El debate no es nuevo pero ahora lo tenemos planteado en carne viva, debido al descubrimiento que acabamos de hacer sobre el pozo de deuda pública en el que estamos metidos y desde donde hacemos todo tipo de aspavientos para salir a la superficie. Entre ellos está la polémica sobre las administraciones. ¿Tenemos muchas, tenemos pocas, están mal organizadas, se pueden perfeccionar, es mejor abandonar todo intento? Preciso es tener en cuenta, a la hora de adentrarse en este bosque, que las administraciones de las que hablo son correosas, dijérase que tienen la piel del proboscidio, por lo que ofrecen resistencia inusitada a ser perforadas.

En España tenemos, según creo, muchas administraciones. Demasiadas para las que un cuerpo social moderado y que pretende ser elástico puede soportar. 17 comunidades autónomas -más dos ciudades igualmente autónomas en el norte de África-, 50 provincias, más de 8.000 municipios, miles de entidades locales menores, comarcas, mancomunidades… Un festival para los juristas, para los abogados, para los políticos. Pero, ¿y los ciudadanos? ¿No estarían más satisfechos con un aparato administrativo más ligero, más portátil?

Sin necesitar dotes de arúspice, es fácil sostener que el contribuyente, ese ser que gime bajo el peso del despiadado ejercicio de la potestad tributaria, se alegraría si en ese bosque espeso se hiciera algún clareo que dejara penetrar un poco más de luz, aquella luz que dicen reclamaba Goethe en el momento de ofrendar su vida a la eternidad.

La gran lanzada se ha proyectado recientemente sobre las provincias. Incluso alguna voz, con reconocida autoridad en la política española, ha llegado a anudar la desaparición de las provincias a la salvación del sistema sanitario público. Un desvarío que ha sido seguido de otros como esos ecos que se multiplican en las anfractuosidades de una cordillera. A mi modesto entender, afrontar este asunto exige recordar que en España tenemos espacios donde han desaparecido las organizaciones provinciales -las comunidades autónomas uniprovinciales-, territorios insulares que tienen sus específicas soluciones, supervivencias de las guerras carlistas como son las históricas forales -de Navarra y del País Vasco-, en fin, diputaciones normales en las comunidades autónomas pluriprovinciales. Entre éstas, a su vez, la prudencia aconseja distinguir entre aquellas que disponen de dos o tres diputaciones -Valencia o Extremadura- y las que cuentan con un número más abultado -las dos Castillas, Andalucía…-.

Toda fórmula simplificadora debe por tanto rechazarse. Menor atención si cabe merece la de ligar las churras provinciales con las merinas de la sanidad porque, si así se hiciera, antes habría de planearse un homenaje al papel que las diputaciones tuvieron en la modernización de una parte de nuestro sistema sanitario público, luego engullido ciertamente por el del Estado, pero tras un momento de esplendor provincial inequívoco.

¿Qué hacer con esta barroca situación? Creo que fue un error dotar de rigidez constitucional a la organización provincial porque su diseño exige soluciones diferenciadas. Ahora bien, contando con este rígor mortis a lo mejor sería bueno desempolvar las fórmulas que la comisión de expertos presidida por García de Enterría propuso a comienzos de los 80: a saber, utilizar los servicios provinciales como estructuras para el ejercicio provincial de las competencias autonómicas. Este consejo no se siguió porque, para los responsables de las autonomías, crear un aparato administrativo aquí y acullá les resultaba más apetecible que un bizcocho recién horneado y, encima, bien relleno con la crema pastelera de las tentaciones políticas. ¿Por qué en vez de dirigir nuestros dardos contra las provincias, constitucionalmente encapsuladas, no lo dirigimos contra la robusta estructura periférica de las comunidades autónomas?

Y ya que hablamos de éstas, algún día será preciso pensar en reducir su número. Tenemos más autonomías que Länder los alemanes cuando ellos nos doblan en población. Y, sin embargo, desde hace años está allí pendiente una reforma territorial destinada a su reducción. A tal efecto se han hecho muchos estudios de los que se extrae la conclusión de que los actuales 16 Länder deberían quedar en seis o siete. Es verdad que esta renovación esta remitida ad calendas graecas o puesta en el hielo, por utilizar la expresión alemana. Pero la discusión ahí está. Y me pregunto y pregunto: ¿nosotros no podemos tratar este asunto? Creo que algún día se hará y por eso siempre me ha parecido un disparate el proyecto de llevar los nombres de las comunidades autónomas al texto constitucional. Otro error que sería primo hermano del cometido con las provincias.

¿Y qué pasa con los municipios? Es bien probable que, cuando se haya consumado la revolución de las estructuras administrativas que los tiempos modernos reclaman y que afectan al mismo Estado, nos siga quedando pegado en los bolsillos el polvo municipal y ello por grande que sean las convulsiones de la globalización. No olvidemos que toda la inmensa Odisea gira en torno a la pequeña Ítaca de la misma forma que el enorme Ulises está centrado en un día cualquiera de la ciudad de Dublín.

En muchos países europeos se ha producido en el último tercio del siglo XX una supresión drástica de municipios. La Alemania anterior a la reunificación pasó de 25.000 a 8.000 en los años 70 como consecuencia de leyes específicas aprobadas en los parlamentos de los Länder. Y que, por cierto, dieron lugar a una cantidad apreciable de pleitos constitucionales, planteados por las autoridades locales, todos ellos desestimados sin que hicieran mella en los magistrados las invocaciones altisonantes a la autonomía local. Y un proceso análogo está en marcha en los nuevos Länder.

Lo mismo podemos decir de Bélgica que, por la misma época, dejó contraído su número de municipios de 2.700 a menos de 600. Y Dinamarca vivió algo semejante. Francia ha tenido menos suerte porque la Ley Marcellin, de principios de los 70, cosechó escasos efectos prácticos y ahora existe un plan que llega hasta 2014. En Grecia, Italia y Portugal son las autoridades europeas las que están forzando los cambios.

En España reducir el número de municipios, sobre la base de acuerdos voluntarios y, si no se logran, aplicando el bisturí, es indispensable. Pero no para ahorrar, porque los pequeños ayuntamientos generan muy poco gasto siendo los grandes los que exhiben cifras de sonrojo. Es decir, la reducción del número de municipios no debe ser -o no debe ser tan solo- parte de una política de ahorro sino de una política de mejora de la calidad de la democracia pues un ayuntamiento que representa a pocos vecinos antes es familia que organización política seria. Y de perfeccionamiento en la oferta de servicios. Cuando un ayuntamiento no los presta o ha de recurrir para hacerlo a mancomunarse con otros es que algo ha ocurrido en ese tejido social y la ley ha de ofrecer la respuesta adecuada.

Ahora bien, como trámite previo a todos esos esfuerzos, podríamos empezar -como ya se está haciendo en parte- con meter en el quirófano a las miles de sociedades, falsas fundaciones y otros entes instrumentales que se han creado sobre todo en los grandes municipios, en las provincias y en las comunidades autónomas como nidos de despilfarro y de clientelismo político. Si no lo hacemos así, estaremos disparando sobre un blanco equivocado.

Sépase en fin que el citado bisturí sobre el cuerpo municipal ha de ser empuñado por el Gobierno y por los parlamentos de las comunidades autónomas. Primero, por exigencias constitucionales, de los estatutos de autonomía y de la Ley de Régimen Local. Segundo, porque las comunidades autónomas tienen un magnífico espacio para demostrar que sirven para atender sus asuntos cercanos, cabalmente la propia ordenación de su espacio. Si no son capaces de esto, estarán poniendo de manifiesto que, desde lejos, se legisla y administra mejor. Lo que comprometería la dignidad y aun el sentido mismo de su papel institucional.

Salvar la vida municipal, que es a un tiempo cosmopolita, decadente y vanguardista, merece la pena.

Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo y eurodiputado por UpyD.

domingo 18 de septiembre de 2011

VOCES ROTAS

miguelangelblancoLa historia más reciente, la historia de la recuperación de unas instituciones democráticas y una conciencia cívica basada en el ejercicio de la libertad, la historia que va de 1975 a nuestros días, ha coincidido en España con la actividad terrorista de ETA. Ningún otro lugar de Europa ha compartido la desgracia de contar, en todo ese tiempo, con la barbarie obstinada de un grupúsculo de fanáticos seducidos por el brillo político del crimen. Desde luego, ningún otro lugar de Europa, a excepción de Irlanda del Norte, ha estado dispuesto a sumar a los asesinatos la infamia de un discurso de justificación que convierte a los criminales en la encarnación de una causa. Nadie, en ningún otro lugar de Europa, ni siquiera en el modo atenuado en que se hace en ciertos discursos oficiales, señala hoy que tales individuos expresan una realidad nacional, ni que a través de ellos se manifiesta la voluntad de un pueblo.
Los hechos son tozudos y convencen al más despistado. En Europa, a mediados de los años ochenta, los criminales alucinados de las Brigadas Rojas o de la llamada Fracción del Ejército Rojo estaban muertos hacía tiempo o encerrados en las cárceles, marcados por la ignominia pública. Por el contrario, en España, en esa misma época, ETA mataba más que nunca y recibía, en el País Vasco, el cariño incondicional de familiares y vecinos, la abierta aprobación o la indulgencia política, e incluso la comprensión eclesial.
Se dirá que hoy la condena es unánime. Dejemos fuera de esa unanimidad a quienes matan por un concepto aberrante de la patria y a quienes nunca han rechazado el sueño de un país tenebroso que solamente habla a través de la muerte. Pero ¿por qué no dejar fuera de ese supuesto consenso cívico también a quienes permiten que el terrorismo sea una deficiencia de nuestra democracia, en lugar de ser lo opuesto a la democracia? Demasiadas voces y demasiadas veces, quienes se llaman nacionalistas democráticos acompañan su condena con una inmediata reticencia por las medidas legales que se toman para evitar el desarrollo de las redes de los criminales, para expulsar de las instituciones a quienes los justifican, para evitar el insulto supremo de que quienes no quieren renunciar ni a las armas ni a los votos reciban un sueldo que procede de los propios bolsillos de las víctimas. Hoy, como ayer, parece tan difícil que Batasuna se separe de ETA como que el PNV se separe de Batasuna y abandone de forma clara y definitiva el amparo, la justificación y la explicación caritativa que brinda al mundo de los asesinos.
Por mucho que no se quiera reconocer, en los treinta años de nacionalismo institucional se ha respirado un clima similar al creado por los nazis en el crepúsculo de la República de Weimar: amenazas, insultos, consignas homicidas, delaciones, chismorreos convertidos en acusaciones, acusaciones convertidas en sentencias de muerte... Por mucho que no se quiera ver, la sinrazón terrorista y las mentiras de las organizaciones políticas nacionalistas han tejido en el País Vasco una malla que oprime y deforma las conciencias, que ha intoxicado a sectores muy amplios de la población y embotado los sentimientos más elementales de piedad hacia las víctimas.
El mismo elogio del diálogo como algo único y precioso para acabar con ETA ha producido una progresiva decantación hacia la definición del terrorismo como algo que debe tener algún campo de negociación. Así lo ha exigido un sector de la población inclinada a normalizar el sintagma conflicto vasco, eufemismo trágico del puro y simple asesinato. Así lo ha interiorizado incluso el presidente de Gobierno Rodríguez Zapatero, dando a entender en su casi suicida «legislatura de la paz» que para acabar con la violencia hay que instrumentar algo distinto a las medidas policiales y también al Parlamento y a la misma legalidad constitucional. Lamentablemente, en una época de exaltación de la pretendida memoria histórica, de continuas exigencias de contrición a Isabel la Católica por descubrir América, al Papado por condenar las tesis de Galileo o a algunos ciudadanos españoles por la guerra civil o el franquismo, ni Zapatero ni su Gobierno han pedido perdón por no aprender las lecciones del pasado e insistir en la negociación con terroristas, convirtiendo a éstos y a sus muñidores en defensores honorables de una causa.
¿Importa en nombre de qué se asesina? Sólo en España, donde las motivaciones se han distinguido cuidadosamente de los métodos criminales para hacerse universalmente respetables e infatigablemente negociables. Sólo en España, donde siempre han proliferado las alusiones al «modelo irlandés» y nunca al modelo italiano, que podría resultar mucho más parecido a lo que tratamos aquí: cuando todas las fuerzas del arco parlamentario cerraron filas entre 1969 y 1980, negándose a cualquier tipo de consideración política de los 350 asesinatos cometidos por la extrema derecha o la extrema izquierda.
Por otra parte, en la condena del terrorismo se ha producido un error de planteamiento que, ciertamente, ha ayudado al envilecimiento de las víctimas y la humanización de los asesinos. Nos hemos acercado al lugar del crimen y hemos declarado como un factor que lo agravaba el carácter «inocente» de la persona que ha sido asesinada. Recordemos cuántas veces nos hemos referido a la matanza indiscriminada, a quien muere por encontrarse en el lugar inoportuno. Pues bien, en ese grito frente a la determinación de la tragedia, frente al curso impasible de los hechos, existe una deformación de las víctimas y de los asesinos que conviene destacar.
Porque las víctimas del terrorismo son personas concretas, que gozaban de su existencia única cuando fueron escogidas por el asesino. Porque nada hay de dejación de libertad en su sacrificio, sino de defensa de la vida misma y de la convicción de ser personas libres. ¿O consideraremos que, por la más siniestra de las paradojas, el criminal da vida a la víctima a la que mata, simplemente porque esa persona pasa a adquirir una consistencia pública, una concreción que nos hace conocerla?¿Dejaremos que esa muerte sea un hecho accidental para la víctima y un acto de voluntad para el criminal, sin comprender que la calidad verdadera de las víctimas es haber querido ser españoles? Y españoles como debe entenderse hoy esa palabra: ciudadanos de un país plural, libre, votantes de la derecha o de la izquierda, universitarios, obreros, guardianes del orden público, intelectuales... Pero, en todos los casos, ciudadanos de esa comunidad nacional que repudian, niegan y desean destruir los terroristas. Y en la que quienes ya han sido asesinados murieron, en muchas ocasiones, proclamando su compromiso con la legalidad constitucional o sencillamente, afirmando la vida, negando el carácter abstracto, la fragilidad personal, la carencia de firmeza cívica que esperaba el asesino.
Decía el poeta Dylan Thomas, al escribir sobre una muchacha fallecida en un bombardeo de Londres, que tras la primera muerte no hay ninguna. A no poner nunca más una segunda muerte -que consiste en señalar la carencia de individualidad de la persona asesinada, el carácter intercambiable del lugar que ocupa-, camina el reciente libro de Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey, Vidas rotas: el primer libro que cuenta la historia de todas y cada una de la víctimas mortales de ETA, un libro sobrecogedor que, como quería Camus, pide justicia ante el mal, ante la muerte, desde lo más profundo de la dignidad del hombre. Un libro dedicado a la memoria del penalista Antonio Beristain, en cuyo nombre levantaremos una vez más la bandera de la libertad rescatada del miedo y de los cascotes de unos decenios perdidos para el ejercicio público de la razón.


FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

viernes 9 de septiembre de 2011

BÉLGICA EVAPORADA

belgicaPor delicadeza, he perdido mi vida», se lamentaba Rimbaud. El poeta, sin embargo, había vivido en Bélgica unos días muy poco delicados junto a Verlaine.

Por delicadeza, he perdido mi vida», se lamentaba Rimbaud. El poeta, sin embargo, había vivido en Bélgica unos días muy poco delicados junto a Verlaine. Ambos habían escandalizado y simulado querer matarse. Nunca ha vuelto a conocer ese delicado país episodio tan desmadrado en su biografía. Al contrario, hoy los versos de Rimbaud me evocan el callado ensueño con el que Bélgica se deshace sin ruido, ni descuido, ni protesta, casi sin darse cuenta. Como esos matrimonios que, poco a poco, pierden la costumbre de dirigirse la palabra y terminan compartiendo piso, pero sin darse ni los buenos días.

Los padres de la reforma constitucional belga de 1992 no tenían ninguna intención secesionista, pero lo provocaron al federalizar la vida cotidiana. La Educación, la Justicia o la Policía dejaron de ser belgas. Y consecuentes, los partidos políticos se regionalizaron. Ya no hay un partido socialista —o liberal o democristiano— belga, sino uno flamenco y otro francófono completamente independientes. Con pereza a darse los buenos días, ni los flamencos aprenden francés ni los francófonos neerlandés. Y es mucho más fácil encontrarse en las calles de Amberes a un antípoda de Nueva Guinea que a un bruselense, aunque éste viva a media hora de la ciudad.

En términos prácticos, ¿qué se gana de todo ello? Bélgica, lugar amable y delicado, pertenece a esa categoría de países en los que, si tienes un problema grave, sabes que la Policía no te lo va a resolver y las instituciones sólo te van a complicar la vida. Un país en el que la mitad de la población no se habla con la otra mitad. En el que el independentismo se asocia con la extrema derecha xenófoba. Y en el que si el voto no fuese obligatorio, nadie acudiría a las urnas. Jamás un país enemigo de la exageración ha llegado a tan exagaerada ruptura... sin darse cuenta, por inercia, por pura delicadeza.

Alberto Sotillo para “ABC”

sábado 20 de agosto de 2011

DEMASIADO OCUPADA PARA LA REVOLUCIÓN, DE MOMENTO

checkpointLa sociedad Palestina

Cada vez que un ciudadano del Magreb o de Oriente Próximo utiliza el término Intifada, levantamiento, para referirse a las revueltas que han derrocado a Ben Ali en Túnez y a Mubarak en Egipto, y que podrían acabar con el sátrapa libio Muamar el Gadafi, queda flotando la pregunta de cómo influirá esta marea revolucionaria en la situación de los palestinos. Fueron ellos, en efecto, quienes convirtieron esta palabra árabe en una expresión corriente en cualquier lengua. En dos ocasiones, una en 1987 y otra en 2000, los palestinos protagonizaron un levantamiento general contra la ocupación israelí, que dura desde 1967. Ahora, sin embargo, se cuentan entre los ciudadanos de la región que conjugan una desbordante alegría por el estallido de la revolución democrática en el entorno con una insalvable dificultad para traducirla a sus propias realidades. Al principio de las revueltas hubo tímidas manifestaciones en Cisjordania y Gaza que pedían el fin de la división política de los territorios, y que fueron reprimidas por la Autoridad Palestina y por Hamás alegando imprecisas razones de seguridad.

La explicación de esta momentánea parálisis se encuentra, en parte, en el hecho de que la sociedad palestina está exhausta tras más de cuatro décadas de ocupación israelí. Existe, sin embargo, otra razón tal vez más relevante que tiene que ver con el aberrante entramado político construido en Cisjordania y Gaza sobre las ruinas de los Acuerdos de Oslo, un referente imprescindible para esa porción de la comunidad internacional que sigue aferrada a la fantasmal existencia del "proceso de paz" y un frustrante recuerdo para los palestinos de a pie. A tenor de los Acuerdos, se convocaron en los territorios unas elecciones que tenían por objetivo dotar de legitimidad democrática a los representantes palestinos que negociarían con los israelíes el fin de la ocupación. Pero Arafat, por un lado, y los sucesivos primeros ministros de Israel, por otro, coincidieron en el propósito de desbordar la limitada tarea prevista para los electos por la vía de convertirlos en una figura extraña, la del Gobierno y el Parlamento de un Estado que, sin embargo, no existe. Como primer presidente de la Autoridad, Arafat creyó que así plantaba la semilla de una futura independencia que alcanzaría de forma paulatina. Israel, por su parte, entendía que la creación de un Gobierno en los territorios ocupados le permitiría ejercer un control indirecto sobre los palestinos, recreando una situación semejante a la de las autoridades colaboracionistas. "Puesto que Oslo ha fracasado", dice Jamal en Ramala, "los israelíes pueden guardarse donde quieran la Autoridad".

En opinión de los palestinos, esta es una prolongación de la ocupación, una criatura que solo ha servido para enriquecer a los dirigentes a cambio de una irritante sumisión a los intereses y exigencias de Israel. No es el caso de Hamás, convertido en Gobierno de facto en Gaza: sus líderes hacen gala de austeridad y se presentan, al tiempo, como la única fuerza que planta cara al ocupante. Su victoria electoral en 2006 debe mucho a esta imagen, en gran medida coincidente con la realidad, lo que no impide que los palestinos de Gaza hayan adquirido conciencia del precio que tienen que pagar, sobre todo desde su separación política de Cisjordania. Hamás ofrece resistencia frente a Israel, sin duda, pero a cambio de sacrificar cualquier atisbo de libertad interna. El inhumano bloqueo de Gaza, en contra de lo que imaginan los estrategas israelíes, ni suma ni resta apoyos a Hamás y su proyecto totalitario. Simplemente hace de Israel un Estado aún más aborrecible para los palestinos, lo mismo que el bloqueo y la devastadora Operación Plomo Fundido, saldada con cerca de 1.400 víctimas, de las cuales 350 eran niños y 200 mujeres. En estas condiciones, levantarse contra el Gobierno de Hamás, o contra la Autoridad Palestina en el caso de Cisjordania, no cambia, a ojos de los palestinos, la razón principal de su infortunio: la ocupación, división y sistemática apropiación de su territorio por parte de Israel. "Es como si dos adversarios negociaran sobre la propiedad de una tarta", dice un funcionario internacional en Jerusalén Este, "mientras uno se la va comiendo".

Esta parálisis sobre el terreno podría resultar aparente, puesto que es pronto para saber cómo reaccionarán los palestinos. Lo cierto, en cambio, es que las revueltas están ejerciendo una trascendental influencia sobre el pretexto con el que Israel ha justificado hasta ahora sus acciones. Si Túnez y Egipto, y tal vez otros países, evolucionan en el sentido que han reclamado sus ciudadanos, Israel perderá entonces su condición de única democracia de la región y, con ella, la carta blanca que se ha arrogado para defender "los valores de Occidente" por cualquier medio, tanto militares como otros, más sutiles, relacionados con la aprobación y aplicación de normas dirigidas a proseguir la "construcción nacional" de un Estado solo para judíos. "No hago esto ni como israelí ni como judía", dice Dana Golan, una antigua oficial en Hebrón y directora de Breaking the Silence, la organización que denuncia las acciones del ejército en los territorios ocupados a través de testimonios de los soldados que participan en ellas. "Lo hago como ser humano que no puede consentir que se maltrate a otro". Los testimonios están publicados y dan cuenta de detenciones arbitrarias, de palizas, también de muertes. Pero basta someterse a la experiencia de atravesar a pie un check point, según tienen que hacer a diario los palestinos dentro de su propio territorio, para advertir la arbitrariedad y la prepotencia con la que actúa el Ejército israelí.

Es viernes, y no hay demasiada afluencia de palestinos al check point de Kalandia, en la carretera entre Jerusalén y Ramala. Se trata de una construcción metálica que interrumpe el trazado del muro levantado por Israel, compuesta por varios corredores estrechos y enrejados de una treintena de metros que acaban en un torno de la altura de una persona. Son los soldados quienes lo accionan desde una cabina blindada y situada al otro lado, en la que controlan los documentos. Un potentísimo altavoz transmite frases ininteligibles que podrían ser órdenes o informaciones, tal es el grado de distorsión del sonido. Aunque existe un sistema de luces rojas y verdes que indican qué corredor está abierto, quien se dispone a pasar no tiene forma de saberlo antes de adentrarse en uno o en otro.

Tres jóvenes palestinos que van juntos parecen haber descubierto el que funciona. Entra el primero, y el soldado cierra el torno a continuación, separándolos y obligando a los dos restantes a reiniciar la búsqueda de un paso abierto. Este se encuentra ahora en el extremo opuesto del check point, hacia donde se dirige la pequeña multitud de palestinos que se ha ido congregando, entre ellos una familia de seis miembros, el padre, la madre con un bebé en los brazos y tres niños de corta edad. En esta ocasión es una soldado la que se encuentra en la cabina blindada, y deja pasar a dos de los tres niños, que se ven de pronto solos y aislados del lado israelí. Ante las insistentes advertencias del padre, la soldado deja pasar a la madre, y al intentar seguirla, el tercer niño queda prisionero en el torno, atrapado entre las dos filas de rejas. Tras largos minutos, el mecanismo vuelve a abrirse, liberando al niño y permitiendo que también pase el padre. El registro de sus documentos, lo mismo que el de sus ropas y pertenencias mediante una inspección visual y a través de rayos X, se realiza a gritos, la soldado sin salir nunca de la cabina. El Gobierno israelí ha decidido cambiar el nombre de check points por el de terminales; también privatizar el casi centenar que separa a unas poblaciones cisjordanas de otras, incluyendo ciudades como Belén, Hebrón o Nablús. En esta última está considerando retirar el control, uno de los de peor reputación entre palestinos y observadores extranjeros.

Los largos años de ocupación han dejado un balance invisible, aunque muy presente en la conciencia de los palestinos, junto a las evidencias de humillación, miseria, aislamiento y expropiación que implican la construcción del muro y los asentamientos en contra de la legalidad internacional. "El número de palestinos que el ejército ha apresado en Cisjordania y Gaza se aproxima a los 6.000", dice Sahar Francis, de Addameer, una asociación de Ramala que presta atención jurídica a los detenidos tanto por Israel como por la Autoridad. "Desde 2005, cumplen la condena en cárceles israelíes, al desmantelarse los campos de prisioneros en los territorios ocupados". Esta transferencia, contraria a las Convenciones de Ginebra, se basa en el hecho de que Israel no reconoce estar ocupando un territorio que no le pertenece, de manera que priva a los palestinos del derecho de resistencia y, por esta vía, convierte cualquier acción contra su ejército en terrorismo, desde una manifestación pacífica hasta la colocación de una bomba. "La ley para juzgar a los palestinos de los territorios", añade Sahar Francis, "tampoco es clara". Puede ser la otomana previa al Mandato británico, la jordana posterior a 1949, las ordenanzas de seguridad dictadas por el Ejército israelí o, incluso, las normas aprobadas por la Autoridad. Existe además la figura de la detención administrativa, por la que los palestinos pueden ser encarcelados sin juicio por periodos de seis meses renovables. La arbitrariedad es también la norma de la Autoridad, de la que, además, no es posible obtener cifras de detenidos, aunque podrían rondar los 700.

Entre las singularidades del sistema penal empleado por el ocupante se encuentra la posibilidad de encarcelar palestinos que, de acuerdo con la legalidad internacional, deberían ser tratados como menores. Ello se debe a que Israel considera que en los territorios ocupados la edad adulta no se alcanza a los 18 años, sino a los 16. En la actualidad, según Addameer, y debido a esta disposición, son cerca de 300 los menores palestinos que cumplen condena en cárceles ordinarias israelíes. La edad de 16 años tiene influencia, por otra parte, en el régimen de visitas, dos de 45 minutos por mes solo para los familiares en primer grado de los detenidos. Pero si los visitantes son varones entre 16 y 35 años, tienen prohibida la entrada en Israel y no pueden llegar hasta las cárceles. De manera excepcional, se les puede autorizar una visita anual, siempre de 45 minutos. Ninguna de estas disposiciones rige, sin embargo, para los aproximadamente 700 prisioneros procedentes de Gaza. Cualquier contacto con sus familiares resulta imposible desde que el Gobierno de Sharon procedió a la "desconexión" y posterior bloqueo de la Franja.

Dejando atrás el check point de Kalandia, se remonta una de las numerosas colinas que rodean Jerusalén. La vista de la ciudad, al fondo, es espléndida. A la derecha circula en pruebas un moderno tranvía que une los extremos más alejados de la ciudad, y del que todavía no se sabe si parará en algún barrio palestino de los que atraviesa. Dirigiendo la mirada hacia la izquierda, en cambio, se advierte el brutal contraste entre los asentamientos construidos por Israel y el campo de Shuf'at, que alberga a palestinos refugiados de 1948. Se encuentra en el interior de una bolsa que traza el muro, cerrada por un check point. A pocos metros de la entrada se encuentra el dispensario médico de la UNRWA que dirige el doctor Yawad Eweida, una sumaria construcción con una docena de salas angostas, aunque limpias y bien mantenidas. "Estudié medicina en Bulgaria y pensé en buscar fortuna en otro lugar", dice el doctor Eweida. "Siendo como soy un refugiado, mi deber era volver aquí". Junto a él, otros dos doctores y nueve enfermeras atienden a los 12.000 refugiados del campo.

Shuf'at es un perfecto muestrario de las normas aplicadas a la totalidad de la población palestina en Jerusalén Este, que, además de ocupar, Israel se ha anexionado de forma unilateral con el propósito de convertir la ciudad en su "capital eterna e indivisible". La autoridad municipal solo permite a los palestinos levantar nuevas viviendas en el 13% del territorio del Jerusalén ocupado, precisamente en la parte que ya está construida. Ello, unido al hecho de que los permisos de construcción son excepcionalmente caros y difíciles de obtener para los no israelíes, hace que los palestinos se vean abocados a resolver sus acuciantes problemas de vivienda prescindiendo de los requerimientos administrativos. Para cualquier familia palestina, la decisión de construir una casa sin permiso se basa en el cálculo de probabilidades. La orden de demolición, seguida de una pesada multa, puede llegar en pocos días o en varios años, lo mismo que la ejecución.

"La ansiedad que esta incertidumbre produce en los palestinos", dice un funcionario internacional que trabaja en relación con el campo, "se resume en el fenómeno que han observado los maestros de las escuelas: los niños cuya familia ha recibido una orden de demolición se llevan sus juguetes al colegio". En estos momentos están pendientes de ejecución 1.500 órdenes. Sobre otras 4.500 viviendas de palestinos planea un expediente de expropiación a través de un procedimiento diferente y recientemente establecido: si las autoridades israelíes concluyen que la actividad económica de un propietario no se encuentra en Jerusalén -por ejemplo, porque su puesto de trabajo está en Ramala-, le privan de su tarjeta de identidad como residente en la ciudad, la única que permite a los palestinos atravesar el muro, y lo convierten entonces en residente forzoso de Cisjordania. Puesto que a partir de ese momento tiene prohibida la entrada en Jerusalén como el resto de los palestinos de los territorios, pierde la propiedad de sus casas y sus bienes.

Es pronto, sin duda, para saber cómo reaccionarán los palestinos a la marea de revueltas árabes en demanda de democracia, seguramente porque la realidad en la que viven no permite identificar con claridad contra quién dirigirlas. Pero si la democracia avanza en la región, el problema no será solamente suyo. También Israel tendrá que enfrentarse a las acciones que ha venido llevando a cabo contra ellos con el pretexto de defender "los valores de Occidente", también la democracia. -

JOSÉ MARÍA RIDAO para “El País”

lunes 15 de agosto de 2011

EL TÍO GILITO Y SUS SECUACES



Decía Unamuno que, cuando en España se habla de honra, un hombre honrado debe ponerse a temblar. Más de uno debió de temblar el otro día, escuchando decir a un poderoso banquero que ahora los bancos serán más compasivos con sus clientes. Es hecho probado que a ningún banquero, de aquí o de afuera, le da acidez de estómago la ruina ajena. Un banquero es un depredador social con esposa en el Hola, un Danglars que traiciona a cuanto Edmundo Dantés cruza su camino, un Scrooge al que se la traen floja los espectros de las navidades pasadas, presentes y venideras, un tío Gilito que hasta con su sobrino el pato Donald -los que leíamos tebeos lo calamos desde niños-, ignora la piedad. Y ni falta que le hace.


De economía no tengo ni idea; pero lo que no soy es completamente gilipollas. Por eso me toca la flor, corneta, que los banqueros maltraten mi sentido común a semejantes alturas de la feria, en esta España donde no hay monumento al sinvergüenza desconocido porque aquí nos conocemos todos. Un infeliz país donde la gente puede verse obligada a cerrar tienda o negocio por equivocarse en su gestión; pero donde ningún banco ni banquero, que llevan años equivocándose en la gestión irresponsable de un dinero que ni siquiera es suyo, pagan el precio de sus errores. Nunca.

Durante mucho tiempo, al socaire ladrillero que el Pepé del amigo Aznar nos legó por sucia herencia, esa panda de golfos, que igual engorda con unos que con otros, concedió préstamos a todo cristo, sin importar la capacidad de devolución de la clientela. A mi hija, por ejemplo, cuando cumplió dieciocho años, le mandaron seductoras cartas ofreciendo créditos para coches, videoconsolas y ordenadores, los hijos de la gran puta. En vez de centrarse en su trabajo de captar dinero y prestarlo bien, los bancos inundaron España de créditos que rozaban lo fraudulento. Lo usual era hipotecar la casa, en un ambiente de euforia que llevó hasta conceder el precio total de la vivienda, tasada por encima de su valor real, a veces con una cantidad suplementaria, también a sugerencia del propio banco. Y esto fue Disneylandia. Alentada, naturalmente, por la estúpida condición humana; por nuestra criminal simpleza, capaz de tragarse que alguien vendiera duros a cuatro pesetas, y que un empleado que ganaba mil quinientos euros al mes pudiera permitirse -«yo también tengo derecho» fue la frase de moda, como si tener derecho equivaliese a tener posibilidades- hipotecarse en una casa de medio millón, coche para el niño y vacaciones en el Caribe.


Al fin, como era de esperar -aunque nadie parecía esperarlo-, todo se fue al carajo, y los bancos quedaron saturados de garantías que no garantizaban nada. De casas que no valían lo que los tasadores de esos mismos bancos dijeron que iban a valer. El resto lo conocemos: los bancos no quisieron asumir las pérdidas. En cuanto al Gobierno, en vez de decirles oye, cabrón, te has equivocado, así que ahora paga por ello, lo que hizo fue darles dinero. Pero, en vez de destinar esa viruta a proteger a sus clientes, lo que hicieron los bancos fue trincarla para mantener su beneficio. Ni un duro menos, dijeron. Y lo que ocurrió, y ocurre, es que el Estado mira y consiente. Un Gobierno tan aficionado a gobernar por decreto como éste podría limitar las comisiones que cobran los bancos en tarjetas, transferencias, cuentas y cosas así. O los sueldos y beneficios de los banqueros. Pero eso, dicen, conculca los principios del Estado liberal. Obviando, claro, que más liberales son Gran Bretaña y Estados Unidos, donde sí han limitado los ingresos de los banqueros. Allí, cuando el Estado da dinero, vigila qué se hace con él. Por eso se ha metido en los consejos de administración de los bancos y ahora vigila desde dentro. Si piden mi apoyo, exijo. Y cuidado conmigo.


Pero esto es España, y los políticos evitan meter mano. Lo hicieron con las cajas de ahorro cuando todo era ya tan disparatado que no quedaba más remedio. Es el lobby bancario quien decide y el Estado el que babea. Nada raro, si consideramos que los principales deudores de los bancos son los sindicatos y los partidos políticos; y que, tanto a esos dos payasos que salen en la tele con pancartas llenas de siglas como a los de corbata y coche oficial, los bancos los tienen agarrados por las pelotas, o -seamos paritarios- por el folifofó. Y mientras el tendero, el del bar, yo mismo si no vendo libros, asumimos nuestras pérdidas y nos vamos a tomar por saco, nuestro banco se las endosa a otros, sin despeinarse. Y tan amigos. Ahora, para más recochineo, están saliendo a bolsa entre sus mismos depositarios.

A sacar más dinero de aquellos a quienes ya se lo sacaron. Haciendo la bola más grande todavía. Y lo que dure, pues oigan. Dura.


Arturo Pérez-Reverte

miércoles 22 de junio de 2011

LA ELECTRICIDAD DE LA DEMOCRACIA

electricidadEl año 2011 ha comenzado con acontecimientos que quizás cambien para siempre nuestra visión del mundo y nuestras decisiones sobre cómo generar la energía eléctrica que nuestra sociedad necesita a diario. Estos acontecimientos moldearán nuestras respuestas a la cuestión clave de qué energías queremos que produzcan nuestra electricidad hoy, y qué inversiones acometeremos para producir la electricidad de mañana. La cuestión no es solo qué tecnologías elegimos; es, también, de qué cauces dispone un país democrático para que esas decisiones respondan a un debate público inteligible.

Desde hace tiempo, nos estábamos enfrentando ya a un serio problema: todas las fuentes de electricidad tienen serios problemas. Así, en España, la hidráulica ha agotado prácticamente sus emplazamientos, transcurrido más de un siglo construyendo embalses; el carbón aumenta las emisiones de CO2, cuando la Unión Europea obliga a reducirlas; el gas natural es caro, porque su precio va ligado al del petróleo; las centrales nucleares no ofrecen soluciones claras para los residuos y financiar inversiones faraónicas en nuevas plantas es difícil; las renovables son tecnologías en desarrollo, aún caras. Una decisión adecuada sobre el "mix de generación" deberá ponderar estos problemas; por cierto ¿quién toma esa decisión? ¿Políticos, técnicos, empresarios? ¿En foros públicos o en despachos?

Quizás hay una pregunta más práctica: ¿cómo se ha hecho hasta ahora? Bien: el parque de generación español ha venido determinado históricamente por una combinación de inversiones de grandes empresas privadas y planificación oficial. Esto no es mejor o peor que otras opciones (en Estados Unidos existen múltiples eléctricas privadas cuyo tamaño está limitado; en Francia o Italia existe una gran eléctrica con mayoría pública). Pero el hecho de que las inversiones las realicen grandes empresas privadas añade dos complicaciones: que esas empresas obtienen más beneficios cuanta más energía venden; y que, como en el ADN de la empresa privada figura maximizar beneficios a corto, el largo plazo les resulta un tanto ajeno.

En la sociedad de la hipercomunicación, existe un debate permanente sobre energía y política, pero a menudo se simplifica demasiado; los gabinetes de comunicación de empresas y asociaciones batallan con artículos favorables y contrarios a cada alternativa, cuya lectura aporta más contradicciones que valoraciones globales.

En cualquier caso, a pesar de estos condicionantes, el hecho es que el sistema eléctrico funciona. ¿Cómo funciona? Cada día, todas las plantas de producción españolas que operan en el mercado envían a un operador central a qué precio están dispuestas a producir al día siguiente; este operador ordena las ofertas por su precio y suma la cantidad de electricidad total ofertada a cada precio; después, anuncia a qué "precio de corte" entrarían a producir suficientes plantas para casar con la demanda nacional de electricidad. Ese nivel de corte pasa a ser el precio de mercado; las plantas que habían ofertado menos entrarán en producción; las que hubieran cotizado más alto, quedarán paradas. Este mecanismo encierra algo fundamental: marca precio de mercado la planta más cara; todas las plantas que produzcan ingresarán ese precio, aunque hubieran hecho ofertas inferiores, según sus costes menores.

Cuando se diseñó este sistema, a finales de los noventa, se pensaba que el precio de mercado sería menor de lo que recibían las centrales antiguas con la regulación anterior; por eso, se les aseguró a estas que ingresarían hasta 36 euros/MWh con un pago aparte, si el precio de mercado resultaba más bajo. Nadie esperaba entonces lo que ocurrió: que los combustibles fósiles se dispararon desde 2004, y el precio de mercado, en vez de bajar de aquellos 36 euros/MWh garantizados a las viejas inversiones, creció vertiginosamente, siguiendo a las plantas de combustibles más caros (fue 64 euros/MWh en 2008, con 73 euros/MWh de máximo). Y cuando el precio de mercado, fijado por la planta más cara, se disparó, las centrales antiguas se embolsaron inesperados beneficios extras; una cuantificación precisa del impacto de este efecto (muy discutido: el presidente de la Comisión Nacional de la Competencia [CNC] ha declarado que "supone llenar los bolsillos de las eléctricas en detrimento del precio que pagamos los ciudadanos"; mientras que desde la patronal eléctrica se considera que su importancia se ha exagerado) rebasaría el propósito de este artículo.

A los ciudadanos, por cierto, no se nos transmitió inmediatamente la fuerte subida de tarifa que habría implicado la nueva situación de los precios, por lo que hemos contraído una deuda con las eléctricas que alcanza unos 20.000 millones de euros.

Por otra parte, hay que reseñar que los Gobiernos españoles han separado de esta pura "casación según mercado" algunas energías que pretendían promover, como las eólica y solar, cuyos ingresos se establecen a un precio fijo que les permita amortizar su inversión (unos 78 euros/MWh en la eólica).

En comparación, ¿cuánto pagamos en nuestros hogares? Pues unos 200 euros/MWh en una factura reciente, de los que unos 60 euros/MWh son la parte que paga la generación de electricidad según mercado (el resto del precio corresponde al transporte de la electricidad, más ajustes e impuestos). Comparar esos 60 euros/MWh con los 36 euros/MWh de referencia original para centrales antiguas y los 78 euros/MWh que recibe la eólica sugiere que tenemos un rango razonable para decidir qué tecnologías promover y cómo pagarlas, sin que ese reequilibrio altere sustancialmente el precio final. En otras palabras, que la técnica y la economía no deben anular la política.

¿Hacia dónde irá una solución global? Durante mucho tiempo, muchos hemos pensado, aunque fuera por inercia, que debía mantenerse un mix equilibrado de todas las tecnologías (por aquello de "no poner todos los huevos en la misma cesta"); después de todo, si al ciudadano esto no debe de interesarle tanto, ¿por qué no dejar que siga la componenda histórica entre empresas y Gobiernos sin que nada cambie mucho?

Sucede que las cosas están cambiando tanto que a lo mejor ciudadanos, empresas y Gobiernos tenemos que abandonar nuestras inercias.

Porque en el comienzo de 2011 acaban de quedar muy claras dos cosas: una, que el petróleo genera dictadores, enriquecidos por el petróleo, prestos a adquirir armas para el control militar del país, que llevan a la asfixia o a la guerra a sus sociedades. Y la consecuente inestabilidad, además de interpelarnos moralmente, anticipa un mundo de petróleo caro: históricamente, en los países donde ha habido revoluciones (Irán, 1979) y guerras (Irak, 2003) la producción nunca ha vuelto al nivel original. Si, a esta inestabilidad, se agregan el desarrollo asiático y el control de la OPEP, parece muy probable un futuro de energías tradicionales caras, lo que hará más atractivas nuevas posibilidades.

Y la segunda cosa que ha quedado clara: que la tecnología nuclear, por la que una pléyade de expertos abogaba, alabando su alta seguridad, ha fallado estrepitosamente (ante una catástrofe natural, es cierto; pero estrepitosamente). Toda cadena se rompe por el eslabón más débil: un fallo de los generadores diésel de emergencia, inundados por el tsunami, puso los reactores nucleares de Fukushima fuera de control.

Hay un tercer asunto que desde hacía años estaba claro: que la industrialización del planeta ha alterado fuertemente su equilibrio climático y que es evidente que no sabemos adónde nos lleva ese cambio. Sabiendo que no sabemos, ¿tiene sentido correr el riesgo de alterar irremisiblemente el planeta, por no haber invertido a tiempo en las tecnologías adecuadas, confundidos por el ruido y la furia globales? ¿Tiene sentido que cuando sepamos, o sepan nuestros hijos, hayamos perdido 20 o 30 años que costará mucho más recuperar de lo que costaría ahora ganarlos?

Resulta difícil decantar conclusiones y llegar a una respuesta final que sugiera un camino. Quizás el problema sea que una economía orientada al consumo ha empobrecido nuestra capacidad de debatir los asuntos colectivos. Pero no es irremediable que sea así: tenemos políticos inteligentes, buenos periodistas, directivos cualificados, ciudadanos enormemente motivados por la época de la historia que les ha tocado vivir. Podríamos aplicar toda nuestra energía a hablar claro, muy claro, sin lemas de ocasión, con cifras contrastables en la red, por todos los medios, sobre los asuntos de todos, entre todos.

Emilio Trigueros es químico industrial y especialista en mercados energéticos.

sábado 23 de abril de 2011

TITULACIONES Y DÓLARES

universidadEs una verdad universalmente reconocida que la educación es la clave del éxito económico. Todo el mundo sabe que los trabajos del futuro requerirán grados aún más altos de destreza. Esa es la razón por la que, en una comparecencia reciente con el exgobernador de Florida Jeb Bush, el presidente Obama afirmaba: "Si queremos más buenas noticias en relación con el empleo, tenemos que invertir más en educación".

ero eso que todo el mundo sabe es inexacto. Al día siguiente del acto de Obama y Bush, The Times publicaba un artículo sobre el uso cada vez más frecuente de programas informáticos para realizar investigaciones legales. Resulta que los ordenadores pueden analizar rápidamente millones de documentos y llevar a cabo de forma barata una tarea que antes requería legiones de abogados y procuradores. Así que, en este caso, el progreso tecnológico está reduciendo en realidad la demanda de trabajadores cualificados.

Y no es un ejemplo aislado. Como se señala en el artículo, los programas informáticos también han empezado a sustituir a los ingenieros en labores como el diseño de procesadores. En términos más generales, la idea de que la tecnología moderna elimina solo trabajos de baja categoría, que los trabajadores bien formados salen ganando claramente, puede que predomine en el debate popular, pero realmente hace décadas que está anticuada.

Desde 1990 más o menos, el mercado laboral de EE UU se ha caracterizado no por un aumento general de la demanda de aptitudes, sino por un vaciado: tanto el empleo bien remunerado como el poco remunerado han crecido rápidamente, pero los trabajos con sueldos intermedios -los empleos con los que contamos para mantener una clase media fuerte- se han quedado rezagados. Y el hueco que hay en medio se ha hecho más grande: muchas de las ocupaciones mejor pagadas que crecieron rápidamente en los años noventa han experimentado un crecimiento mucho más lento últimamente, aun cuando el crecimiento del empleo peor remunerado se ha acelerado.

¿Por qué está pasando esto? La creencia de que la educación se está volviendo más importante que nunca se basa en la idea aparentemente plausible de que los avances tecnológicos hacen aumentar las oportunidades laborales de quienes trabajan con la información (en términos generales, que los ordenadores ayudan a quienes trabajan con sus mentes, mientras que perjudican a quienes trabajan con sus manos).

Sin embargo, hace algunos años, los economistas David Autor, Frank Levy y Richard Murnane sostenían que esa era la forma errónea de enfocar el asunto. Los ordenadores, señalaban, sobresalen en tareas rutinarias, "tareas cognitivas y manuales que pueden llevarse a cabo siguiendo normas explícitas". Por tanto, cualquier tarea rutinaria -una categoría a la que pertenecen muchos trabajos cualificados no manuales- está en la línea de fuego. Por el contrario, las labores que no pueden llevarse a cabo siguiendo normas explícitas -categoría a la que pertenecen muchos tipos de trabajos manuales, desde los conductores de camión hasta los conserjes- tenderán a aumentar aun cuando exista un progreso tecnológico.

Y esta es la cuestión: la mayoría de las labores manuales que todavía se realizan en nuestra economía parecen ser de la clase que es difícil automatizar. Concretamente, en un momento en el que los trabajadores de producción en el sector de la fabricación representan un 6% del empleo de EE UU, no quedan muchos trabajos que perder en la línea de montaje. Mientras tanto, buena parte del trabajo cualificado actualmente realizado por trabajadores bien formados y relativamente bien pagados pronto podría estar informatizado. Las aspiradoras robóticas son monas, pero los conserjes robóticos aún están lejos; la investigación legal informatizada y el diagnóstico médico con ayuda de ordenador ya están aquí.

Y luego está la globalización. Antiguamente, solo los obreros tenían que preocuparse por la competencia extranjera, pero la combinación de ordenadores y telecomunicaciones ha hecho posible proporcionar muchos servicios a larga distancia. Y la investigación de mis compañeros de Princeton Alan Blinder y Alan Krueger indica que los trabajos bien pagados realizados por empleados altamente cualificados son, en todo caso, más "trasladables al exterior" que las labores realizadas por trabajadores peor pagados y con menos formación. Si están en lo cierto, el aumento del intercambio internacional en los servicios vaciará aún más el mercado laboral de EE UU.

¿Y qué nos dice todo esto sobre la política? Sí, tenemos que arreglar la educación estadounidense. En concreto, las desigualdades a las que se enfrentan los estadounidenses en sus comienzos [los niños inteligentes de familias pobres tienen menos posibilidades de licenciarse que los hijos mucho menos capaces de familias ricas] no solo son un escándalo; representan un desperdicio enorme del potencial humano del país. Pero hay cosas que la educación no puede hacer. En concreto, la idea de que enviar más jóvenes a la universidad puede restaurar la sociedad de clase media que antes teníamos es una falsa ilusión. Ya no es cierto que tener una titulación universitaria le garantice a uno un buen trabajo, y se está volviendo menos cierto con cada década que pasa.

De modo que si queremos una sociedad en la que la prosperidad esté bien repartida, la educación no es la respuesta; tendremos que proponernos construir esa sociedad directamente. Tenemos que recuperar la capacidad de negociación que los trabajadores han perdido durante los últimos 30 años para que tanto los empleados corrientes como las superestrellas tengan poder para negociar unos buenos salarios. Tenemos que garantizar lo básico, sobre todo la asistencia sanitaria, a todos los ciudadanos. Lo que no podemos hacer es llegar adonde tenemos que ir limitándonos a darles a los trabajadores titulaciones universitarias, que puede que no sean más que entradas para trabajos que no existen o que no proporcionan sueldos propios de la clase media.

Paul Krugman es profesor de economía en Princeton y Premio de Economía 2008.

sábado 9 de abril de 2011

CUANDO EL ZORRO GUARDA EL GALLINERO

PeterKingHearingsEl Comité de Seguridad Interior del Congreso de Estados Unidos tiene desde enero un nuevo presidente. Se trata de Peter King, un congresista republicano y de ascendencia irlandesa, que ha decidido investigar a la comunidad musulmana estadounidense, a la que considera propensa a la radicalización e incluso al terrorismo. King es un personaje de teleserie: un duro de Queens, parlamentario chaquetero, hijo de policía y sólidamente enraizado en el electorado católico irlandés de Nueva York.

Después de los atentados del 11-S propugnó el uso de armas nucleares en Afganistán. Apoyó ardorosamente la guerra global contra el terror de Bush, incluyendo la utilización de la tortura. No se corta un pelo, desde entonces, en denunciar a los musulmanes, a los que acusa colectivamente de connivencia con los terroristas.

Todos estos títulos bastarían para descalificarle para investigar la penetración del terrorismo entre los musulmanes de EE UU. En su caso es lo contrario. Sus prejuicios son su principal credencial, a la que se añade otra más seria y que esa sí le permite saber de qué habla cuando se trata de terrorismo: el propio Peter King ha sido durante mucho tiempo un terrorista según los estándares aplicados por Bush desde 2001, cuando marcó una línea roja entre los que estaban en contra y lo combatían y quienes estaban a favor, colaboraban con él o lo justificaban.

Sus declaraciones de apoyo al IRA en sus años más sangrientos no ofrecen lugar a dudas. Tampoco su militancia en la asociación Ireland Northern Aid, considerada como el principal canal estadounidense de aprovisionamiento de armas y dinero para los terroristas irlandeses. Los servicios secretos y el FBI siguieron sus pasos, y cuando fue cuestión de hacer la paz, la Administración de Bill Clinton, que tan relevante papel jugó como intermediario entre las partes, contó también con el amigo que los terroristas tenían en Nueva York.

King ha hecho su carrera política como uno de los más destacados agentes del lobbyrepublicano irlandés en EE UU. Los Acuerdos del Viernes Santo (1998) primero y los atentados del 11-S más tarde convirtieron al King que colaboraba con el terrorismo en el King que combate el terrorismo. Con dos diferencias notables: el suyo era católico, mientras el de sus enemigos es musulmán; el primero no combatía a EE UU, el segundo lo considera su principal enemigo.

King ha convocado al comité de investigación para corroborar como conclusiones sus propios prejuicios sobre los musulmanes americanos. Quizá dentro de unos pocos años, cuando nuestros propios acuerdos del Viernes Santo sean también cosa del pasado, podremos ver a alguien del calibre de Arnaldo Otegui presidiendo una comisión parlamentaria que investigue la nueva amenaza terrorista de la época.

Lluís Bassets

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